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Truchas
Escrito por El Duende   
Lunes, 08 de Octubre de 2007 11:06

Desde hace ya mucho tiempo, existe en mi vida una época del año en la que mi corazón empieza a agitarse con recuerdos, nostalgias y el anhelo de encontrar por fin el camino que mi búsqueda ansiosa aún no ha podido hallar.

 

Esta es una época de cambios, donde los árboles, desnudos, comienzan a vestir su pálido ropaje verde y donde de algún modo pareciera que el sol ilumina de otra manera nuestra visión de las cosas. Así es que todos los años se repite este rito, una y otra vez. Y aunque esté muy bien diagramado en un calendario universal, para mí no es una cuestión de fechas o ciclos biológicos, sino más bien que ocurre de repente; el día nunca es el mismo, pero por lo general se produce siempre en el mismo momento, que curiosamente coincide siempre con las primeras horas de la madrugada. Ya sea por las innumerables noches que he dormido bajo las estrellas, o por las miles de aguas que han saciado mi sed, o los cientos de soles que han dorado mi piel, pero más allá de cual sea la causa, lo cierto es que puedo oler el cambio en el aire mucho antes de que las personas que me rodean se den cuenta en que día del calendario estamos. Como ya dije ocurre de repente, sin previo aviso, y la mayoría de las veces sucede cuando estoy pensando en otras cosas, por lo que el golpe de efecto es más intenso, por decirlo de alguna manera. No importa donde esté o que esté haciendo. Puede que esté tomando una cerveza en algún bar con algunos amigos o puede que esté asomado a mi ventana mirando el cielo nocturno, y de un instante a otro ocurre…tan repentino como la brisa que comienza a agitar las hojas, allá arriba, en las copas de los árboles que están frente a mí. No se siente como los despiadados vientos de Agosto que no dan tregua a nada ni a nadie, sino más bien que se siente como una caricia en el rostro, que en un instante hace revolotear mis cabellos y que viene de vaya a saber que lejana montaña, que trae cargada en su esencia un ligero aroma de flores distantes y recién nacidas mezclado con un profundo olor a tierra mojada.

Y es justo en ese momento cuando todos los buenos recuerdos que mi memoria ha guardado como tesoros de lo que fue, acuden nuevamente a la superficie de mi existencia. Leves escalofríos recorren mi cuerpo y una sonrisa aflora a mis labios recordando alguna conversación en la orilla de vaya a saber que río o alguna buena trucha que mis moscas supieron engañar alguna vez. Es entonces cuando me digo en voz baja: _ Quique, es hora de volver a empuñar una caña… Seguramente, al día siguiente, más allá de lo apretada que esté mi agenda, al caer la tarde vaya de visita a lo de Federico. Casi siempre encuentro a algún amigo o un conocido para mates de por medio conversar un buen rato. En aquel lugar siento que el tiempo pasa de otra manera, un rinconcito de mi ciudad donde a veces tengo la sensación de estar pescando en algún ignoto río o arroyo. Luego llegarán en algún momento Eugenio, o quizás Diego, es posible que también venga Juan…si, de seguro que viene. Todos tenemos la misma inquietud: _ donde abrimos la temporada este año? En seguida se barajan una serie de posibilidades que caen como naipes de truco sobre una mesa de atado: _ Como está bajando el Espinillos che? _ Está con muy poca agua, tiene que llover ya o se va a complicar. _ Si, en realidad, si no llueve en veinte días se complica vayamos donde vayamos. _ Y Achala ?... _ Achala se está poniendo muy linda, llovió la semana pasada y entró bastante agua. Podríamos hacer el Yatalaya el sábado y el domingo volvemos por el camino hasta el Trinidad…tengo ganas de pescar unas buenas fontis. _ El tema es que si somos muchos vamos a tener que repartirnos. No entramos todos en el Trinidad. _ Si, es cierto…cuantos somos en total? _ Vienen Maxi y Seba de Buenos Aires y capaz que se prendía Nikito…ha! y viene Ariel desde La Pampa. _ De acá de Córdoba estamos Emilio, Marquitos, Juan seguro, Dieguito y Yo. _ Vos Eugenio venís? _ Tengo ganas pero capaz que tengo que viajar a Río Cuarto con mi familia. _ O sea que somos nueve contando a Nikito _ Si…somos muchos para ir a Achala…y el San Miguel? El año pasado arrancó muy bien. _ Me gusta mucho esa opción, además si Emilio consigue las llaves de la casa del cuñado vamos a pescar como los dioses….jeje Y así la charla se puede prolongar durante horas. Y si se alarga demasiado, al caer la noche, una cerveza bien fría va a reemplazar a los mates. Las primeras estrellas nos encuentran en mangas de camisa y por primera vez en muchos meses los grillos hacen sentir su presencia a nuestro alrededor. Si señor, empiezo a vivir otra vez…la sangre fluye rápida y caliente en mis venas y mis manos transpiran de ansiedad. Donde me llevarán mis pasos esta temporada? Hacia el borde del mundo, allí lejos, sobre el horizonte, donde el Yatalaya se precipita casi irrespetuosamente por el último reducto virgen de las cumbres de Achala? O tal vez al ignoto Barroso, donde sus Fontinalis todavía se resisten a ser conquistadas. Tengo que acordarme de avisarle a Juan que Horacio quiere que vayamos un fin de semana al Perdicitas… Y mientras todas estas imágenes van pasando frente a mis ojos como las secuencias ininterrumpidas de la mejor película Hollywoodense lentamente me voy quedando dormido, acariciado por la brisa que agita mis cortinas. Por que he abierto la ventana de mi habitación una vez más para no volverla a cerrar en muchos meses. Los primeros días de Octubre se van sucediendo unos a otros, lentos en su transcurrir. La cuenta regresiva indica que cada vez falta menos, pero que paradójicamente el día señalado pareciera no llegar nunca. Hasta que una mañana, el timbre de mi departamento suena con una intensidad y volumen diferentes, y mientras desciendo las escaleras cargado de bolsos y el tubo de una caña al hombro sonrío de modo inesperado al pensar que Diego seguramente estará estrenando la camisa que le regalamos en su último cumpleaños, en un intento de renovar el desgastado ajuar pescador que el amigo se resiste a dejar de usar. De todos modos es posible que mis esperanzas sean vanas, ya que los pescadores, y he observado que los cazadores también, estamos todos terriblemente encariñados con hasta el más mínimo objeto o esencia que nos rodea. Aquel sweater desgastado por años de intemperie y en el que ya no caben más agujeros pero que ha sido nuestro compañero en innumerables aventuras. O mi viejo cinto de cuero que ajado por tantos soles, o por las veces que alguna atrevida corriente de agua me sumergió hasta las orejas se resiste a abandonar mi cintura. Y con estas reflexiones, entre charlas despreocupadas, sin darme cuenta de las horas que una a una van quedando atrás, me encuentro otra vez a la orilla del agua, sintiendo el aroma de las yerbas a mi alrededor, que la brisa mezcla con el de cientos de flores y el del mango de corcho que viste mi caña.

 El sol me calienta los brazos y la nuca, y el reflejo que de su astro arroja el agua me hace entornar los ojos aún con los lentes puestos. Por todos los dioses…como necesito pescar una trucha! Ya casi es una necesidad fisiológica que trasciende todas las barreras del fanatismo. O será que harto y hastiado hasta la médula de tanto trajín, tanto tráfico, bocinazos y sirenas, zapatos apretados y corbatas asfixiantes, mi espíritu necesita renovarse con aquello que alguna vez le dio la vida y que aún la sigue sosteniendo: el agua…en la que sin quererlo ya estoy metido hasta las rodillas, buscando esa Arco Iris que juega a las escondidas bajo el mimbre del frente. Hace calor es cierto, pero Octubre apenas está empezando, por lo que la temperatura del río está poco menos que helada. Instintivamente la fría sensación me hace retroceder hasta la roca que sobresale veinte centímetros por encima de la superficie y que curiosamente se encuentra a menos de medio metro de donde me estoy congelando las piernas. Por que me metí en el agua? Y encima tan temprano….Por que no vi esta piedra antes? Bueno como sea ya estoy mojado….y de todas maneras desde las rodillas hacia arriba todavía estoy seco. La trucha del mimbre aún no ha advertido mi presencia, por lo que sigue alimentándose tan tranquila como hace unos minutos atrás. Que está comiendo? Mmmhhh… sí, está tomando emergentes…epa! Es grande…por una milésima fracción de segundo muestra su aleta dorsal. Esa trucha es enorme por Dios! Donde se metieron los pibes?...Juan tiene la cámara pero hace rato que no lo veo. Bueno, en definitiva, pescar esa trucha va a estar realmente difícil. En Córdoba ningún salmónido llega a ese tamaño por estúpido. Haciendo equilibrio sobre la roca donde estoy parado comienzo a castear suavemente, el agua está muy cristalina y hay mucha luz, arrojo la línea que cae justo un poco por encima del mimbre. La mosca en deriva muerta pasa a un metro de la boca de aquel terrible truchón. No llego…me voy a tener que meter al agua de nuevo… Así que otra vez a sentir mil agujitas en cada pantorrilla. No importa, el premio prometido a mis deseos lo vale sin duda. Esta vez la mosca pasa exactamente por donde quiero que baje…hay! La vio…mi corazón acelera sus latidos sin que yo se lo pida. Sostengo la respiración por un instante…y en seguida vuelvo a soltarla con una fuerte e impotente exhalación. Aquella Brassie en #22 vuelve a pasar de largo. Hago un tercer intento. Hay tanta tensión encerrada en el momento que pareciera que mi línea fuera a cortar el aire en dos…y por fin ocurre lo que estoy buscando: una sombra se mueve raudamente desde debajo del mimbre hacia donde intuyo que puede estar derivando mi mosca. Desde mi posición no puedo ver la tomada pero el movimiento en mi línea me indica que el engaño ha dado resultado. En seguida el agua estalla en mil furias frente a mí, liberando toda la tensión a la que instantes atrás podía sentir latir en mis oídos. Vuelvo a escuchar las cascadas a mis espaldas y el río vuelve a fluir entre mis piernas. La adrenalina me hace temblar las rodillas y mis pies no me están obedeciendo como quisiera. Por favor, la fuerza de este animal es increíble. Mi reel pide grasa a gritos. Bajo la punta de la caña…si esta trucha quiere correr que corra. Mientras estoy tratando de controlar la primera embestida de esta endemoniada criatura, mis pies, librados a la buena de Dios, dirigen mis pasos hacia la parte más profunda del pozo. Zás!...ya estoy mojado hasta la cintura, pero quien puede sentir frío en este momento? Impotente vuelvo a intentar afirmar los pies en un lecho tortuoso, poblado de rocas y plantas acuáticas. Pero basta ese segundo de distracción para que suceda lo indecible…lo inevitable: esta vez la astucia y el instinto de supervivencia de un gran pez supera a la inteligencia y la técnica del pescador; justo en el preciso momento que levanto la vista para observar como mi línea yace a merced de la corriente, media hundida y totalmente vencida. Sencillamente no lo puedo creer. Me va a costar al menos unos cuarenta minutos superar la secuela psicológica de ésta derrota.

Un rato más tarde Juan me encuentra todavía azorado por la decepción. Medio agachado y sosteniendo mis rodillas que aún siguen temblando: _ Que pasó? _ No sabés la bestia que se me acaba de ir. _ Ya estás mojado quiquillo? Otra vez?...no aprendés más titán!...ja Caigo en la cuenta que ahora estoy absolutamente mojado con mis cabellos chorreando agua a más no poder. No me queda otra opción que esbozar una amarga sonrisa. _ Convidame un pucho….te quedan? Rápidamente entre los dos compartimos aquel cigarrillo ritual, que sirve de recreo entre un momento y el otro y que coincide con la distancia que separa un pozón de una corredera y una trucha de la otra. Después de todo la temporada recién empieza, faltan mucho ríos por caminar y muchos lugares por conocer….y aún no me olvido que todavía necesito pescar esa trucha. Enrique de Goycoechea EL DUENDE

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Última actualización el Martes, 01 de Septiembre de 2009 16:42
 

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