Entre Nubes y Tabaquillos Imprimir
Truchas
Escrito por El Duende   
Jueves, 29 de Enero de 2009 20:08

Uno de los aspectos que más me motiva es la posibilidad de seguir descubriendo secretos. El deseo de conocer y saber que “hay” después de la siguiente curva del río es sencillamente irresistible.

¿Por qué pescamos?...¿qué nos atrae de la pesca con mosca? Por supuesto, todo mosquero sabe que pocas experiencias hay en la vida en la que la sangre nos corra tan rápido como en el momento que vemos subir “ese” pez a tomar la mosca que le estamos ofreciendo. Ni hablar del instante en que nos percatamos que “aquel” pez ha visto derivar nuestra mosca y aún no se decide a tomarla: segundos de máxima tensión muscular y nerviosa. El agua deja de correr y enmudece su canto entre las piedras, el mundo deja de girar…el aire late en nuestros oídos.
Pero más allá de esto: ¿qué causa nos motiva a acercarnos al río?
Quizás sea la mezcla de muchas pasiones y sensaciones que se desbordan al momento de dar rienda suelta a aquella actividad que nos libera de nuestra cotidianeidad y sus tensiones propias.

O tal vez sea, como otrora supo decir un pescador famoso, por que en lo más recóndito de nuestros espíritus tengamos la sospecha que recorremos este camino por última vez.
Pero más allá de cual sea la verdadera razón no creo que únicamente sea el “acto” de pescar lo que nos conmueve de manera tan íntima.
En cuanto a mí, uno de los aspectos que más me motiva es la posibilidad de seguir descubriendo secretos.
El deseo de conocer y saber que “hay” después de la siguiente curva del río es sencillamente irresistible.
Y bien…el pasado fin de semana tuvimos junto a Juan y Roberto una nueva posibilidad de seguir descubriendo los misterios y la magia irredenta de las cumbres de Achala.
Alrededor de las 07.30 de la mañana partimos de la ciudad de Córdoba y apenas pasadas las 10 ya estábamos descargando nuestros equipos del coche. Con pesadas mochilas al hombro y los tubos de las cañas bien sujetos a ellas comenzábamos una larga caminata bajo un sol abrasador.
Días antes con Juan habíamos revisado una y otra vez a través del Google Earth el destino elegido. Ya sabíamos de memoria el camino a seguir y la ansiedad apuraba nuestro andar con pasos firmes y decididos. Tan sólo un par de altos para recobrar el aliento y decidir el acceso más fácil por entre inmensos granitos y tupidos bosques de Tabaquillos y la caminata proseguía sin vacilaciones.
Y aunque resulte curioso tengo la certeza de saber que muy probablemente este pedazo de tierra llamada Pampa de Achala, que puede parecer diminuto ante la inmensidad del mundo, permanece inexplorado en gran parte y gracias a Dios aún no conquistado.
Al cabo de varias horas y pasado ya el mediodía deteníamos la marcha y elegíamos un buen lugar para acampar. Luego de un ligero refrigerio nos instalamos cómodamente y al momento, en un abrir y cerrar de ojos ya descendíamos los últimos metros que nos separaban del arroyo elegido como escenario de una nueva jornada de pesca.
Al reconocer el lugar los tres coincidimos en las apreciaciones de rigor: un lecho con poca agua y muy cristalino nos ofrecía la inmejorable oportunidad de pescar a trucha vista. Todo un desafío que aceptamos de inmediato.
Debido a la transparencia del agua  indiqué a Roberto que se colocará detrás una formación rocosa que asomaba en la orilla del cauce. Con un lance delicado posó la mosca sobre la superficie tan suave como pudo y ésta derivo con la corriente unos segundos apenas. En un recodo manso del arroyo, justo a la salida de una corredera medianamente profunda, Roberto obtuvo su premio. La primera captura del día se debatía por su vida a escasos dos metros de donde nos encontrábamos. Luego de un par de acrobáticos saltos ingresaba al copo que Juan le tendía.
Un par de Fotografías y al agua otra vez.

Así es que de un humor excelente los tres nos dispusimos a seguir adelante.
La pesca, inmejorable, se desarrolló de modo constante y con mucha técnica por parte de los pescadores.
Al encontrarnos en un cauce muy chico decidimos turnarnos en el ingreso al agua, ya que al hacerlo los tres al mismo tiempo no sólo hubiera estorbado nuestros lanzamientos si no que también las truchas, siempre alertas ante cualquier amenaza, hubieran desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.
Así es que mientras dos de nosotros buscaban un buen ejemplar desde un refugio fuera del agua, el tercero esperaba las indicaciones para arrojar su línea y depositar la mosca dentro del radio de acción de algún salmónido con ganas de pelea.
De este modo, al “marcarle” las truchas al mosquero de turno optimizamos la calidad y cantidad de ejemplares cobrados. Ya que si se hacen bien las cosas de este modo generalmente por cada uno o dos lanzamientos se logra una captura, en lugar de estar arrojando la línea a ciegas sin siquiera intuir donde puede encontrarse el pez.

Al cabo de varias horas de pesca, en una tarde digna del mejor de los recuerdos, llegamos con Juan a lo que era la humilde desembocadura de un arroyo diminuto.
La boca de este cauce no superaba los dos metros de ancho pero intrigados y movidos por la intuición decidimos remontarlo.
El hilillo de agua que descendía seguramente de una vertiente cercana formaba de a ratos pequeños pozones que a juzgar por su fisonomía tenían una considerable profundidad. Colocando la mosca sobre la superficie la dejábamos hundir del modo más natural posible, dejando fuera solamente el líder y con casi la totalidad de la línea en el reel.
Ahora bien…toda insistencia tiene su recompensa…al  poco tiempo de insistir con esta improvisada “manera” de mosquear pudimos ver que una hermosísima Arco Iris tomaba mi mosca. Casi como pidiendo permiso abrió la boca apenas lo suficiente como para quedar prendida del labio. Luego de una intensa pelea “hacia abajo”, ya que de tan chico el lugar no podía correr hacia los costados, finalmente se soltó.
Improperio de por medio seguimos pescando.
El pozo siguiente, al cual le calculé un tamaño cinco veces menor que el anterior rindió sus frutos también, sólo que ésta vez era el turno de Juan. Un macho espectacular salió de vaya saber donde y terminó siendo capturado por un ya avezado mosquero.
Foto y al redil nuevamente.

La tarde tocaba a su fin, rodeados de verde y montañas por donde miráramos decidimos emprender la vuelta.
Con la luz del sol en los ojos llegábamos al campamento agotados, pero inmensamente felices.
Por la noche, durante una ligera cena compartimos un excelente tinto argentino entre conversaciones casi susurradas y risas que antes de brotar de los labios parecieran pedir permiso a la noche encendida de estrellas para no quebrar el silencio.

 

Al día siguiente amaneció lloviendo…de hecho llovía desde las 4 de la mañana por lo que decidimos desarmar el campamento y emprender el regreso. El río si bien no se había enturbiado bajaba henchido de agua y con varios grados menos que la jornada anterior por lo que las condiciones habían cambiado drásticamente. Quizá podríamos haber intentado algunos lanzamientos más pero nunca es bueno descubrir todos los secretos de un paisaje si se quiere volver alguna vez.
Así es que con las mochilas a nuestras espaldas nuevamente comenzamos a caminar de regreso bajo una intensa lluvia de verano.
Al cabo de una par de discusiones sobre quién de los participantes de la aventura se había perdido menos veces y de este modo decidir el camino a seguir llegamos sanos y salvos al coche…empapados y casi muertos de hambre emprendimos la vuelta una vez más para quién sabe cuando regresar otra vez.

 Enrique de Goycoechea

                                                         

 

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Última actualización el Martes, 01 de Septiembre de 2009 14:55