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Río Dulce, El que no arriesga... Imprimir
Dorados
Escrito por Enrique de Goycoechea   
Martes, 24 de Noviembre de 2009 00:00

 Salta Loreto...

 Nuevamente visitamos el Dulce, un río que poco a poco comenzamos a redescubrir y cuyas luces y sombras nos ofrecen una inagotable serie de sorpresas.
Si alguien que no conociese este lugar de repente se asomara desde alguna de sus orillas y observara desde su apretada vegetación las curvas y contracurvas de un paisaje dominado absolutamente por el agua, quizá le resultaría difícil creer que hace poco más de seis años éste era un paraje desolado y despojado totalmente de vida.

 Esto lamentablemente ocurrió allá por el año 2003, cuando se decidió “cortar el agua” a la altura del dique Los Quiroga para priorizar el riego de la siempre polémica producción sojera.
Luego de tan trágica acción el río fue recuperándose de a poco, volvió la vida, volvieron los peces y con ellos los pescadores.
En esta ocasión partimos de Córdoba con muchas expectativas Guillermo, Diego, Máximo y yo. Dejando atrás 370 kilómetros más un diluvio casi universal que azotaba a la provincia desde hacía varias horas, recorrimos la distancia que nos separaba de Sumamao, el destino elegido para encontrarnos una vez más con el tigre de los ríos.

Diego

Arribamos el día sábado cerca de las once de la mañana, el tiempo se presentaba algo húmedo e inestable, con un denso palio de nubes navegando lentamente allá lejos en el cielo. Armamos los equipos y sin perder un instante ingresamos al río caña en mano en busca de su más aguerrido habitante.
En este lugar la precisión es fundamental si queremos volver con nuestras moscas mordidas y destrozadas por aquellos dorados que han tenido la suerte de quedar inmortalizados en nuestras fotografías. Pero para lograr tales resultados es imperioso arriesgarse a perder varias moscas sin lamentar su pérdida ya que dicho sacrificio puede recompensarnos en cualquier momento del día.
Los dorados aquí están ubicados la mayoría de las veces contra las orillas, utilizando la vegetación, las ramas y los árboles caídos como refugio y al mismo tiempo como apostadero donde aguardan, agazapados, el momento de lanzarse  veloces sobre sus presas. Esta característica hace que debamos lanzar nuestras moscas hacia estos “rincones”, tratando que el artificial pase rozando “los palos” y hundido entre unos diez o veinte centímetros. Si el día está matizado por alguna brisa cruzada con respecto a nuestra posición es muy posible que tengamos que presenciar impotentes como las moscas atadas con tanto amor y esperanzas mueren asfixiadas y enroscadas alrededor de una intrincada red de palos y ramas. En ocasiones podemos recuperarlas, no sin soltar una sonora expresión de júbilo, pero otras veces, ya sea por la correntada, la profundidad y el riesgo que conllevan estas características de ciertos tramos del río, debemos “cortar” por lo sano, atar otra mosca y seguir pescando silbando bajito. Aunque sé de muchas expediciones suicidas planeadas y llevadas a cabo para recuperar “esa” mosca que justo era la última de “ese” tipo. En esos momentos se hace presente lo que con mis amigos hemos dado en llamar “vadeo extremo”, una extraña alternativa de riesgo que depara muchas sensaciones cercanas al terror y que suelen dejar un ligero temblor de piernas.
En pocas palabras, el que no arriesga no gana. Si queremos pescar hay que ir dispuestos a perder algunas moscas.
Volviendo al río, los primeros dorados no se hicieron esperar. En una seguidilla de capturas logramos arrimar varios en poco menos de cuarenta minutos más o menos; en una constante que se repetiría durante todo el fin de semana: por momentos una prolongada calma e inactividad que se rompía con un súbito estallido de peces cazando a lo largo del río…o hasta donde alcanzábamos a ver al menos.
La mosca deriva acariciando los palos, de repente la línea se frena, una firme clavada con la mano que sostiene la línea (no con la caña)  y una explosión de furia y adrenalina en la superficie del agua. Esto es una regla que se repite con cada dorado capturado. Foto y al agua de nuevo.
Promediando la tarde se levantó viento con ráfagas constantes del sudoeste, lo que equivale a decir: justo del lado que no se tenía que levantar, pero al margen de esta dificultad la jornada terminó con algunas moscas ensartadas en los palos y varios dorados bien clavados.

Maxi

El domingo decidimos probar suerte en otro acceso del río no muy lejano de la entrada del día anterior. Esta vez con condiciones inmejorables, un sol casi oculto que por momentos lograba escapar de las nubes y lo más importante: sin viento. Una calma en el aire casi completa.
El río ofrece características similares a lo largo de casi todo su recorrido, con el agua templada, tibia por momentos y un aroma a mimbres húmedos que embarga los sentidos de cualquier pescador. Las horas pasan flotando con la corriente. Cada tanto una mosca enroscada en la orilla y la broma de rigor del compañero, pero las más de las veces un dorado vende cara su libertad en los extremos de nuestros líderes.

 Robert

 La compañía como siempre inmejorable (lo más importante), destacando los más de mil kilómetros recorridos por Máximo desde Buenos Aires para poder reunirse con los amigos “y de paso” pescar.
Otro aspecto que quisiera rescatar es el afortunado encuentro con los guardafauna, ya que es la primera vez que los vemos en el Dulce. El domingo temprano, al llegar al río pudimos presenciar como decomisaban los peces a un grupo de pescadores furtivos, luego nos solicitaron las licencias y nos facilitaron el reglamento de pesca deportiva de la provincia de Santiago del Estero. Digo afortunado por que si bien el río es muy generoso recibe una fuerte presión de pesca. El ambiente es grande y muy diverso pero también se ve en sus orillas a muchos pescadores “acopiando” pescado con redes, trasmayos, espineles y demás artilugios, y que por supuesto no respetan ni tamaños ni vedas.

Maxi

El río Dulce ofrece alternativas para todos los que quieran acercarse a él pero si la actividad no es regulada sinceramente no sé hasta cuando dure esta bonanza.
Ya por la tarde emprendimos el regreso sin apuro y distendidos, matizando la charla con los mates y las anécdotas de siempre.
Hoy lunes mientras escribo estas líneas siento un dolor punzante en el pulgar y en la palma de mi mano derecha que por momentos se extiende por todo el brazo. Un pequeño precio por un fin de semana inmejorable, en el río, pescando y con amigos.


Quique Degoyco

 

Enrique De Goycoechea

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Última actualización el Sábado, 23 de Octubre de 2010 16:43
 

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